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'La ciudad de las estrellas (La La Land)': musical a la nostalgia


La La Land, tercer largometraje del jovencísimo director, guionista y productor estadounidense Damien Chazelle, es un musical que despierta el espíritu y la esencia de los musicales de antes pero con un aire moderno y renovador. No hay nada del otro mundo en la trama de este musical, de hecho, se puede resumir en la clásica historia de chica conoce a chico que terminan enamorándose. Mia es una eterna aspirante a actriz a la que todo le sale mal y Sebastian es un ambicioso pianista de jazz que desea abrir su propio local. Los dos luchan día a día por sus sueños. Ambos viven como pueden. Son dos extraños con mala suerte que siempre tropiezan pero se vuelven a levantar. Sus vidas se juntan por casualidad que hará que cambien.

La La Land arranca con algo tan cotidiano como un atasco, y cómo cambia el modo de verlo si se le aplica una canción y una coreografía alegres. La película es un retrato que habla sobre una generación, una generación sin esperanzas que se aferra a sueños casi imposibles, porque no tiene nada más. En La La Land es evidente el maravilloso feeling entre Emma Stone y Ryan Gosling, los dos están muy compenetrados en sus escenas de baile y cante y su química traspasa la pantalla. Y, obviamente, es un sentido homenaje al jazz, al sueño americano, Hollywood y al cine, con muchas referencias a algunos clásicos del género musical.

Este musical es una historia de amor entre dos personas que decidirán si renunciar o no a su romance por alcanzar sus sueños. Un musical, bueno en su conjunto, pero que me deja la sensación de que las coreografías podían haber sido más elaboradas, y en el que la dirección de Chazelle es magnífica y su romanticismo resulta creíble, y para nada empalagoso.

Nostálgica, romántica, mágica e irrepetible. Un musical que te llenará de alegría de vivir, energía y con el que te darán ganas de bailar con estupendas canciones.

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